miércoles, 1 de mayo de 2013



Al menos una vez al mes, me tienta ordenar mi habitación a fondo, verdaderamente a fondo. Bien, ese día fue hoy, llegué del centro y me puse en acción de dejar mi pieza brillante como el cristal.
Como acostumbro, dejo el espejo para el final. Lo acomodé sobre el suelo, y le pasé un trapo húmedo, al terminar, suavemente sequé los restos de agua con pañuelitos descartables, para que quedara sumamente limpio y brillante. En medio del proceso, me miré en el espejo, no presté atención y seguí, pero había algo diferente, volví a mirar y quede helada ante lo que veía en el reflejo. No era yo, no podía ser yo.
Mis lágrimas caían cual cascada gigante, era impresionante la velocidad con la que caían y rodeaban mis mejillas hasta llegar a mi cuello, juro que no podía sentirlas, y que si no me hubiese mirado en el espejo, jamás me hubiera enterado de que lloraba, ¡y cómo lloraba!
No entendía muy bien lo que estaba pasando, yo limpiaba el espejo y a la vez veía mis lágrimas caer, era como una lluvia en mi rostro, sólo que luego de verme, logré sentir el llanto, y cada lágrima me quemaba el rostro, las sentía muy calientes, y mis pómulos iban helando todo mi ser.
Me sentía aturdida, confundida y despreciable. Era demasiado para mí.


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Copos de nieve.