miércoles, 31 de julio de 2013

A pesar de ser la segunda vez que me encontraba en esta situación, todo me resultaba preocupantemente normal, me sentía cómoda, y debo decir que parecía
que era la vez número cuarenta y cinco que estaba ahí, en esa cama. Me miraba y lo miraba, nuestras pupilas se encontraban en un universo ajeno al nuestro
y se recitaban sonrisas en parpadeos, nuestros lados laterales de la nariz, más exactamente lo que rodea los orificios nasales, nos temblaban como si
quisieran escapar inmediatamente de ese lugar, pero a la vez quedarse a ver el espectáculo. Mi boca lograba con dificultad emitir una pequeña risa, que a la
vez se entremezclaba con un pucherito, una sonrisa aguantando la carcajada que me provocaba ese momento y el hecho de querer verme seria. Sus labios,
eran la combinación perfecta entre dulzura y agresividad, cuando me miraba serio, así fuese en broma, sus labios me indicaban todo. Su labio superior,
siempre intacto, ahí quieto, esperando el próximo ataque, y su labio inferior, un poco más notorio en su expresión, intentando hacer un pucherito sin hacerlo.
Debo confesar, que todas y cada una de sus expresiones o gestos, me generan distintas clases de cosquilleos en todo mi cuerpo, adoro eso.
Llegamos a un punto en el que yo quería arrancarle hasta la piel con mis dientes, y él quería lo mismo de mí. Nos -sé que ambos- sentíamos inseguros, y a la
vez, con ganas de llegar al final y volver a empezar. Mi corazón latía a una velocidad inimaginable, al compás del de él. A partir de eso, cada movimiento
por parte suya, me generaba ganas de besarlo hasta que no pudiera más, ¡hasta que se le cayeran los labios si eso era posible en esta realidad!
Se movía muy despacio, y parecía que tuviera todo calculado, cada movida, cada jugada, y creo en mi interior, que así era.
Me regalaba su mirada directo a mis ojos mientras lograba recorrer toda mi espalda con su mano tibia, me miraba muy serio, y cuando me generaba escalofríos
alevosos al llegar a mi nuca, se reía débilmente al descubrir la sonrisa que mis comisuras no podían retener más, y dejaban salir a la luz que representaba
la oscuridad de nuestra habitación.No encuentro palabras que puedan acercarse, a lo purificador, hermoso y encantador que son sus ojos en la
oscuridad, quizás por la forma en que me miran, quizás porque estábamos en ese lugar, juntos, o simplemente porque me encanta todo de él.
Sentía el compromiso de nuestro amor, lo sentía en el aire que respirabamos a la vez, lo podía sentir en nuestros suspiros tan elevados, podía reconocer
amor puro en nuestras manos sosteniendose firmes, a un costado de nuestros cuerpos, entrelazadas y apretandose cada vez con más fuerza. Amaba el hecho
de saber que estabamos transformando todo ese lugar, toda la situación, todos nuestros sentimientos incluso.
Debo admitir, que la idea de quedarme así, era sumamente perfecta en mi mente, o todavía mejor. Sentía el colchón haciéndose un paraíso pura y exclusivamente
para nuestro hospedaje, las sábanas abalanzandose sobre nosotros para llevarnos a lo más brillante y oscuro de la felicidad, todo al mismo tiempo, era una
sensación sorprendente, sentía sus pies sobre los míos, haciendome cosquillas y a la vez demostrándome que todo estaba bien, que era todo como debía ser.
Logré escuchar que pronunciaba esas palabras que tanto temor me dan. Me dijo, en pleno acto de valentía, que me amaba, si me lo hubiera dicho porque
sí, si me lo hubiera dicho tomando un helado o quizas comiendo papitas fritas, hubiera sido algo enternecedor y bonito, pero me lo estaba diciendo, en un
segundo que conllevaba evitar las mentiras, en cada minuto que pasaba, sabía que no podíamos mentirnos, que estabamos siendo transparentes el uno con el otro
y que nada podría arruinar eso, ni siquiera nosotros mismos. Debo decir, ¡me siento obligada a decirlo! que, si pudiera haberme quedado así, víctima de todo
el amor que plasmo en mí, de toda la ternura que paso de un cuerpo a otro, de toda la seguridad que me demostró y que nos demostramos en cada abrazo, juro
-no se jura- ¡JURO! Que hubiera sido eternamente feliz ahí, recostada sobre su pecho, sonriendole a la nada, tapados por una fina sábana que de propósito
solo tenía encerrar todo nuestro amor, y no dejar que se escape, a ningún lado, nunca. Entre sus brazos, tomandole las manos, y con mis pies casi enamorados
de los suyos, con mi rodilla derecha sobre su estómago, en una posición que denotaba que lo acaparaba solamente para mí, para que no se fuera, ni se escapara
hubiera sido la persona más afortunada de pasar el resto de mis días así, porque estaba donde quería estar, con quien quería estar y estaba haciendo
exactamente lo que quería hacer, amandolo en mi silencio, pero muy cerca de él.

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Copos de nieve.